Saber escribir es la clave, que escribir, cualquiera sabe.

Entre el siglo XX y XXI los índices de alfabetización han crecido a niveles jamás conocidos por la humanidad. Los esfuerzos de los gobiernos en pro de una escuela obligatoria y el acceso a Internet han propiciado que casi cualquier persona esté en condiciones de leer y escribir. Pero de allí a transformarse en escritor hay un largo camino. Y en general el sendero a transitar suele tener más espinas que rosas. 

  • Un escritor siempre trabaja solo.
  • La duda respecto a si lo que escribe es bueno o malo, lo ataca sin descanso.
  • Los personajes se le rebelan.
  • Los finales se le atascan.
  • El papel en blanco le produce terror.
  • Los editores rechazan sus obras.
  • Los lectores son muy críticos.
  • Rara vez alcanzan un bienestar económico.

Entonces, ¿Por qué tantas personas quieren dedicarse a escribir?

Quizás ha quedado grabado en el inconsciente colectivo que ser escritor otorga prestigio. La gente asocia a un escritor con mundos fantásticos. Un escritor se supone que es culto y un poco hippie. Puede que el cine americano tenga parte de la culpa. Son muchísimas las películas rodadas a partir de la vida de un escritor. Lo pintan como una persona bohemia o alguien que se hizo millonario con solo un éxito editorial. En los filmes todos conducen deportivos y se retiran meses a una cabaña junto a un lago para encontrar de nuevo la inspiración. Los editores pagan sus deudas, les anticipan dinero por obras que no han comenzado a escribir y los malcrían organizándoles fiestas u hospedándolos en hoteles de lujo. En resumidas cuentas, viven como reyes sin dar un palo al agua.

Es lógico, con esos antecedentes cualquier persona que sepa unir letras para formar palabras querría ser escritor. Y ni hablemos de los que han estudiado una carrera afín: periodistas, filólogos, abogados, maestros. Cualquier carrera de humanidades vale para lanzarse a escribir. Y están en todo su derecho. ¿Quién no quiere vivir bien sin trabajar? 

Para más inri, las plataformas de autoedición han puesto a tiro de piedra que cualquiera pueda publicar su libro sin ningún filtro previo. Y por una parte está bien, han democratizado el acceso al mercado. Hasta su aparición las editoriales tradicionales jugaban al pingpong con los autores noveles. Por otra parte,  la autoedición ha propiciado la publicación de obras infumables, plagadas de errores, mal escritas y sin ninguna calidad literaria. Los lectores no perciben la diferencia hasta que no las han comprado. O peor aún, no perciben la diferencia.   

La literatura es un oficio, pero también el 6º arte. Como oficio necesita esfuerzo, disciplina, trabajo, estudio y práctica. Como arte necesita vocación, sensibilidad y creatividad. 

Se puede aprender a escribir bien, incluso se puede aprender a redactar con estilo. Lo que no es posible enseñar es la sensibilidad y la creatividad. Se tienen o no se tienen y constituyen la base de cualquier arte.

La vocación por su parte es la voz que susurra al oído: «¡no abandones!» cuando las cosas van mal. Es la necesidad de seguir escribiendo aunque no haya probabilidades de tener éxito.

Sensibilidad, creatividad y vocación… Claves para escribir bien.